Contemporary Art

Entrevista de Aristóteles Moreno a Esteban Ruiz. Diario ABC

PDF de la entrevista

Día 08/05/2011

POR ARISTÓTELES MORENO

Emigró a París en busca de libertad y de tierra abonada para la creación. Y allí forjó un oficio que le permite vivir del arte desde hace nada menos que 20 años. Sus cuadros pueblan colecciones privadas de EEUU, Francia, Portugal, Suecia, Irlanda, Alemania y, cómo no, España. En Córdoba no expone desde hace 15 años. Quizás por su actitud poco acomodaticia a los protocolos del poder. Mientras tanto, se ha dedicado a pintar y a vender (mucho, según revela). Y a dirigir unos talleres de arte y terapia para pacientes con trastornos mentales y de conducta alimentaria en el hospital Reina Sofía.

—Arte y terapia. ¿Quizás una redundancia?

—Se trata de utilizar los fundamentos artísticos con fines terapéuticos. Posiblemente siempre haya sido terapéutico, pero nunca se ha tratado como ciencia.

—¿A usted de qué le alivia?

—Me hace encontrarme a mí mismo. Y eso me da estabilidad. Me hace sentirme seguro para enfrentarme a los errores, a los problemas. Para estar 15 horas cuatro meses en un taller hay que tener la cabeza bien amueblada.

Mejor o peor amueblada, Esteban Ruiz (Jaén, 1966) tuvo en su cabeza desde muy temprano la convicción de que el arte determinaría su vida. Todo soplaba a su favor. Su madre era profesora de dibujo y le inculcó sensibilidad y curiosidad vital. Se crió en Porcuna, en aquella España rural que va camino de extinguirse. «A los niños ahora les falta ese toque de salvajismo que teníamos nosotros. La calle, el juego y las guerras a pedradas». Empezó a dibujar muy pronto. Y a vender sus trabajos a los compañeros del colegio. Luego se fue a la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, donde comprendió que no quería ser profesor de dibujo. Entonces emigró a París.

—¿En la infancia se forja todo?

—La parte más importante. Desde los últimos meses de gestación hasta los tres años, el cerebro pasa de pesar 300 a 1.400 gramos. Se hacen todas las conexiones neuronales. La estimulación es vital. Ahí se decide la mayor parte de las capacidades que tendrá el individuo.

—¿Cree en los genes o en el entorno?

—En el entorno. Los condicionamientos culturales son muy influyentes. Hay una cosa muy importante para estimular la creatividad y la curiosidad, que es el cariño.

—Hay grandes genios a los que les ha faltado el estímulo de la afectividad.

—Yo hablo de un hombre completo. Puedes ser un genio pero si estás frustrado no vale. Hay que ser feliz.

—A veces el arte y la felicidad no van parejas.

—Eso es un mito. Yo dejaría mi trabajo artístico si no fuera feliz.

—Usted es un hombre feliz.

—Me considero un hombre feliz. Con las lagunas naturales de cualquiera. Pero siempre he hecho lo que he querido. El arte me ha influido por la capacidad de asumir errores. El arte es un error continuo. Para innovar y crear te tienes que equivocar. Y uno de los problemas es que la gente nunca asume sus errores. No pasa nada porque te equivoques. Es signo de inteligencia.

La conversación tiene lugar en un singular establecimiento, mitad tienda de arte mitad cafetería, cuyo negocio regenta con otros dos socios. El diálogo discurre con fluidez más allá del guión previsto. Del arte a la filosofía, de la filosofía a las religiones primitivas, de la religión al compromiso social. «Desde que tenía 17 años me planteé la pintura como una manifestación de pensamiento. Leía El Quijote, Nietzsche, Heidegger. Me interesaba la filosofía. Tanto que dudé entre estudiar esa carrera o Bellas Artes».

—Arte y pensamiento son dos formas de conocimiento distintas, ¿no?

—No. La pintura se hace con la cabeza, no con las manos.

—Sí, pero con la intuición.

—Los dos factores son importantes. Tienes que tener una base ontológica y tener cintura para dejarte llevar por la intuición, que es lo que da frescura.

—¿Qué buscaba en la filosofía?

—Las preguntas que todos buscamos. Dónde vamos, de dónde venimos, quiénes somos.

—¿Qué respuestas encontró?

—Que lo importante son las personas tomadas individualmente.

—En buena medida, eso es el pensamiento moderno.

—Puede ser. El principio del pensamiento racional está basado en el individuo fuera del grupo. Kant y Heidegger hablan del individuo.

—¿Qué se busca en el arte?

—Durante mucho tiempo trabajé en una obra muy conceptual relacionada con las religiones. Pero a partir de ciertos viajes me replanteé todo. Dejé de hacer una obra conceptual y me puse a hacer una obra emocional. Ahora no me meto con premisas en el taller. Saco lo que hay en mí. Y me lo paso mejor que antes.

—¿Antes sufría?

—Sufría más.

—¿Hay que sufrir para crear?

—No necesariamente. Hay que sufrir para encontrarse a uno mismo.

Su método era entonces altamente laborioso. Para trabajar sobre las religiones primitivas se empapó de antropología y viajó mucho. India, Nepal, norte de África, Chile, Perú, Bolivia. En Atacama participó en rituales con chamanes. «Es un viaje iniciático que todos deberíamos hacer». Pero de eso hace ya un buen puñado de años. Ahora mantiene su residencia en Almodóvar del Río y viaja regularmente a París, donde una galería vende sus trabajos.

—¿Un artista es un señor que ve más allá que los demás?

—No a priori. Pero por el propio desarrollo de nuestro trabajo, siempre estás buscando respuestas. Cuando entras en el taller las premisas las pones tú. Y tienes que buscar las preguntas. Eso es lo más dramático.

—¿Le da vértigo?

—Sí, mucho. Ahora me voy a meter en el taller, tengo todo preparado, y estoy acojonado. Tengo que hacerme las preguntas y buscar soluciones.

—¿Y qué preguntas se va a hacer?

—No lo sé. Quiero entrar a bocajarro.

—¿Cómo se pare una obra?

—Hay muchas maneras. Yo antes trabajaba sobre literatura. Leía mucho, subrayaba, tomaba notas y, a partir de ahí, intentaba desarrollar una estética visual.

—¿Qué maestros le abrieron el camino?

—Tengo muchas referencias y no sólo plásticas. De música, de pensamiento. Gente que traigo a los talleres y que admiro mucho, como Jarauta o Nacho Criado. Y a nivel plástico, Picasso, Schnabel, Kiefer. Las mujeres de mi vida también me han ayudado mucho.

—¿Es arte todo lo que reluce?

—Ahí ya entramos en el terreno de la opinión. No lo sé. Lo que no me parece ético es el arte institucionalizado. Los museos son lugares de manifestaciones políticas, regidos por críticos puestos por políticos que les interesa mantener un discurso.

—¿Es objetor de los museos?

—Empiezo a serlo. El arte está más institucionalizado que nunca. Una gran parte de los artistas hace obra expresamente para instituciones. Lo estamos viendo en Córdoba.

—Muchos artistas han reclamado eso precisamente.

—Pues que sigan reclamándolo. Yo seguiré vendiendo mis cuadros por medio mundo. Aquí los artistas están en otra guerra: en ver dónde apañan la subvención. Y ahora se les acaba porque hay un cambio político.

—¿Qué es lo que no se debe enseñar?

—El egoísmo. Hay que enseñar a crear equipo. A confiar en los otros, a enseñar tu trabajo sin prejuicios.

—Mercado del arte. ¿Un oxímoron?

—El arte ya es un mercado. Se ha convertido en una industria y entra con todas las de la ley en la sociedad de consumo.

—¿Qué le preocupa del mundo?

—La violencia. No la soporto. No vamos por buen camino. Creo que la cosa se va a poner muy grave.

—¿Hasta qué punto?

—De un conflicto social muy grave en Occidente. Las instituciones se están desligando de la población. El mundo está controlado por grandes lobbys y los políticos ya no trabajan para nosotros. Si hay problemas de abastecimiento, la gente se sublevará.

—¿Qué le indigna?

—La hipocresía. La falta de honradez. No decir las cosas por su nombre.

—Celaya decía: «Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural de los neutrales». ¿Usted también?

—Tanto que la tengo en un catálogo. Me identifico absolutamente.

—Afirma ser un pintor comprometido. ¿Con qué?

—Primero conmigo mismo. No me dejo avasallar ni que me utilicen.

—¿El arte es un arma transformadora?

—Es un medio transformador. Saca lo mejor de nosotros: las emociones.

—Es usted más emocional que racionalista.

—Hay que utilizar los dos aspectos: pensamiento e intuición. Utilizar ese tándem de manera coherente es lo que te hace ser feliz.

—¿Qué verdad no tiene remedio?

—Supongo que la muerte. Pero es la única verdad que tenemos que asumir.

—¿Usted la ha asumido?

—Totalmente. Jamás me ha dado miedo. He tenido experiencias muy cercanas a la muerte. Y no tengo interés en la perpetuación. No me interesa.

 

 

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