Fine Arts Works

La vocación de sumergirse.

J.Ramón Alba

«No hay nada sorprendente en la decadencia de la pintura,

cuando todos los dioses y los hombres piensan que un lingote de oro

es más bello que todo lo que hicieron aquellos griegos locos Apeles y Fidias»


Petronio . El Satiricón

«En resumen, la misión del arte hoy es introducir el caos en el orden».

T. Adorno

La vocación de sumergirse.

Dígame dónde estamos si, al final, no queda nada después de los sueños. Si no se ha encontrado, si no se ha generado ni un solo camino para escapar. Si cada vez es más difícil

aprovechar la propia fantasía para huir y construir al margen (o en el centro si es lo que se desea). Miedo, un poco de miedo sí que da el riesgo de convertirte en un organismo sumiso. Lo cierto es que desde los caminos inesperados escapas. Eliges esas sendas no señalados, acogedoras, fuera del poder y de la dependencia, y abrazas lo inesperado, los refugios comunes. El arte no puede ser sino eso: sumergirse en los imaginarios de la ilusión.

Porque el arte es lo contrario  del silencio y perdida su dimensión profunda, se convierte en  inercia. Perdida su misión trascendental acaba siendo un objeto  práctico. Algo  que  nos  devuelve continuamente a un sentido funcional y cómodo; entonces es cuando  emerge lo más anodino . Cuando se normaliza y  desemboca en lo mediocre y sólo se reproduce según  los baremos de las fobias y las filias, de las rentabilidades. Se genera una maniobra estéril de  moderación y de normalidad que lo convierte en un fetiche. Todo son reglas en pequeños lotes.  Quienes  no se someten, quienes no se arrebañan, quienes no se tragan la rueda del molino del dogma del momento son acusados por estos tiranos que regentan la razón.

Sumergirse es transitar por esos caminos extraordinarios y abandonar aquellos señalados para que todo concuerde. Adentrarse en los matices de lo inusitado y hacer noble el arte es anclarlo en nuestras vidas y ponerlo en un espacio de inquietud no permanente. ¿Dónde está el arte que ocurre? En cualquier rincón de ese mapa que proponemos explorar. Es una “cartografía para construir” donde los límites no están establecidos, donde los límites se completan a medida que se van descubriendo en común, a medida que se van construyendo y ampliando Todo mapa, uno como este, lo que de verdad pretende es poner en duda y en jaque la estructura piramidal de unas políticas de mercado mal entendidas.

Sumergirse es la autonomía frente al seguidismo y la transcripción de tendencias. Huir de la nulidad para generar ideas, procesos, rutas, descubiertas libres. Ofrecer la oportunidad de explorar mundos imaginarios e imaginados al margen de las siempre perceptivas recomendaciones de ese vértice piramidal que facilita el estancamiento cultural. La curiosidad sólo puede sostenerse desde una evidente multiplicidad autónoma tanto en la creación, como en la difusión y en la elección. Algo que está muy lejos de esa pedantería institucional que todavía se observa. El arte no puede ser un trabajo forzado. Ni tampoco puede sustentarse sobre el seguimiento ciego y manso.

Sumergirse es contar con mapas que estimulan para transitar esos caminos abiertos. No es imprescindible viajar con agencias. Usemos el transporte colectivo para trasladarnos. Montemos excursiones, compartamos vehículo y cojamos, si podemos, mochilas que nos permitan explorar por nuestra cuenta. Daniel Dennett nos dice algo bonito: «Un carro con ruedas radiadas no sólo lleva grano u otras mercancías de un lugar a otro; lleva la brillante idea de un carro con ruedas radiadas de una mente a otra.» Esa es la idea del arte ¿no? Tengamos cuidado para no convertir el territorio en una maqueta, en una escenografía. Quizá sea bueno destruir la tramoya para destruir el espejismo.

Sumergirse es hacer un recorrido por la obra de arte desde el pensamiento filosófico, es decir desde las teorías de Shopenhauer pasando por Kant (en cuanto a la utilidad y futilidad de lo bello), luego por Duchamp con su made-reality, hasta Beuys (cada hombre, un artista). Sumergirse es ir contemplando que, en realidad, toda obra de arte se circunscribe a un experimento emocional y que, siguiendo la reflexión de Greensberg («hay criterios para saber qué es y qué no es arte, pero no se pueden expresar con palabras . ..») bien podríamos convenir que la apertura de la mente para apreciar el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, no termina ni en su categoría ni en su clasificación, sino que penetra directamente en el mundo de las pasiones. Bienvenida esta holgura y sea así porque provoca a su vez una apertura ontológica desde la que se puede mirar, contemplar y entender el mundo de un modo abierto, dinámico, receptivo y catalizador. Apreciar el arte, en sus diferentes manifestaciones (y ¿estilos?) no sólo nos conduce a un goce anímico sino que nos permite interpretar la cultura que lo ha producido, la filosofía que lo ha provocado, la sociedad que lo ha acogido… No en vano, y en palabras de Athur C. Danta «…vivimos y producimos dentro del horizonte de un periodo histórico cerrado. Puede que en la línea de lo que expresaba Gombrich cuando nos decía que el creador no parte de una impresión visual «sino con la idea de conceptos».

Sumergirse es comprender que la obra no tiene por qué tener una identidad básica bien admisible e identificable, reconocible… (aunque bien sabemos, sin embargo, que una categorización de ese tipo es necesaria para una ordenación interpretativa del arte -por una parte- y para la clasificación del artista y su inclusión en el mercado -por otra-). La búsqueda de esa libertad inmanente de la imagen marca todo el proceso creativo. Eso y la intención de no dejar la creación en manos de una máquina molar de reproducción asistida, es decir, la intención de concederle al artista la libertad de ser, antes que ofrecerle la libertad de crear. Una idea más allá del revisionismo franfurkitano de Adorno y tratando de alcanzar una obra sin significado e identificable únicamente como representación y manifestación del sentimiento y la emoción.

Como diría Morin, lo medieval está climatizado. ¿Está también climatizado el arte? Cuando el arte es instrumento económico y político, el sueño se rompe. El arte sufre aquí una expropiación que le aparta de sus espacios naturales para empaquetarlo y distribuir sus residuos. ¿Nos hemos preguntado qué sucede después de esos grandes eventos de arte con los que nos obsequian

cada cierto tiempo? No hay nada a posteriori que no se pueda reflejar en cifras de consumo- gasto-ingreso, no existe un felizómetro, ni un civilizómetro… No interesan estos últimos índices

tanto como saber si se van a ganar las próximas elecciones, si se ha ingresado suficiente dinero o las veces que he salido en prensa y cómo ha evolucionado mi cotización. Esta urgencia de resultados quizá se corresponda con desintegración de la cultura. La urgencia del rédito en cualquiera de sus vertientes política, financiera, personal… ¿Qué cultura perdemos con el espectáculo, qué espectáculo perdemos con la industria? La función balsámica como práctica, la función mercantilista como dominio. Todo se ha convertido en la triste tarea de administrar egos y

cuentas de resultado. Una persistente insatisfacción intelectual. Un juego que no alcanza su fin

porque sus reglas están planteadas para no tenerlo 

La cultura, la práctica de la política cultural (en ella está la gestión del arte), digan lo que digan, es un instrumento que poco tiene que ver hoy con el desarrollo intelectual y emocional del ser humano. La correspondencia con su aspecto instrumental (como mucho disciplinario) es la que mueve realmente los hilos bajo el gran discurso desarrollista. Difícilmente se invierte la energía

necesaria como para generar pensamiento y comportamiento críticos (no es algo rápido) y alcanzar esa emancipación intelectual necesaria. Lo demás es bálsamo. La industrialización del conocimiento no es sino una de las fases del neoliberalismo y del pensamiento monótono que lo

protege.

Y ésto ¿Podría extrapolarse al arte? Tanto las instituciones usan su autoridad para determinar jerarquías, como el formato expositivo se usa para establecer esas disgresiones. ¿Está relacionada la exposición y sus satélites con el desarrollo del arte? Antonio Ortega en su “Demagogia y propaganda en el arte” nos señala unos caminos muy claros en torno a esta reflexión. Quizá la homologación del relato es una de las consecuencias (cuando no objetivos) Este formato expositivo, ahogado en su aparente diversidad, no sé si desemboca en un contenido crítico o responde a otros síntomas de acumulación y desposesión. ¿Son estos formatos expositivos algo más que estrategias insitucionales? El poder que se ejerce autoproclamándose la institución portavoz de las corrientes artísticas es más que considerable. ¿Quién es realmente el protagonista de estos relatos expositivos? La construcción del relato siempre ha correspondido a la autoridad. Pero lo más triste es que, en ocasiones, ni siquiera hay voluntad de relato sino de exclamaciones sueltas. La gestión por espasmos ha sido y es una de las constantes de la gestión publica  del arte. Barenblit  nos decía que “la principal ocupación de una institución, como la de cualquier ser vivo, es continuar existiendo”. O, citando esta vez a Castro-Florez “cada orden establecido [incluso el artístico] tiende a producir en distintos grados y con muy diferentes métodos de naturalización su propia arbitrariedad”. Pero cuestionar siempre es impertinente y mucho más cuando la autoridad determina qué es lo mejor y qué cabe en sus círculos privilegiados, en definitiva, qué es y qué no es arte. La compra como sumisión, la exposición como sumisión. La programación también es consumo. El fetichismo de la mercancía.

Estamos, a mi parecer, en un callejón sin salida de autorreferencia continua en el que todo circula entre nosotros, que no trasciende ni llega a una ciudadanía que comprende el arte como actividad digna de alabanza pero lejana. Una situación en la que hemos colaborado mediante un modelo de reproducción de mercado, de creencias y sometimiento a discursos y tendencias que dicen cómo es y hacia dónde va el arte. Pocas voces se escuchan (desde los ámbitos oficiales) que quieran devolverlo a la colectividad y cuando se hace se trata desde una especie de «teoría general de las bondades de la cultura», algo que de ninguna manera desafía el discurso dominante. Que de ninguna manera desafía a un poder local con ilustres mediocridades donde la cultura, más allá de aquellos grandes eventos y la profusión de contenedores con el que se nos entretuvo en anteriores décadas, no deja de ser el servicio florero. Que de ninguna manera desafía «el arte al peso». Si los modelos de economía neoliberal nos han traído hasta donde estamos, mal puede ir a la cultura si se empeña en seguir su camino como vía para su «dignificación». Puede que  llevemos demasiadas décadas sin cultura precisamente porque se le ha  negado su misión fundamental: construir espacios simbólicos. 

El arte, sometido a los mercados y a unas políticas intrusas no puede ser sino una triste referencia del colapso, algo fuera de la realidad, fuera de los ideales colectivos . Y se convierte así, desnaturalizado, es un juguete sin peligro, sin muchas aristas, agradecido y que, en última instancia ni quita ni pone. No tiene efectos secundarios. En alguna otra ocasión lo he mencionado pero lo repito, la cultura como generador de energías renovables no funciona porque se prefieren las energías fósiles. En todo caso, estoy de acuerdo con ciertos avances, sólo faltaría, pero decir que estamos mejor que antes es un axioma con muy poco sentido, molesto incluso. Evidentemente. Deberíamos analizar ese «estar mejor que antes» con referencias comparativas de cierta solvencia, tomarlas desde lo relativo o desde lo absoluto nos conducen a resultados distintos .

En todo caso, el hecho es que los asuntos del mercado parecen muy alejados de ofrecer ese escenario de agitación que sería bien necesario. No estoy seguro, perdonen, de que las sociedades actuales sean más cultas; sí están más formadas pero eso es una cuestión de instrucción en la que demasiadas veces se observa un auténtico analfabetismo en lo que se refiere al arte. Suena exagerado, sí, como siempre que se vive en un estado de contemplación. El arte se secuestra, se simplifica, se modera y se transgeniza como herramienta disciplinaria. La fragilidad de la cultura, en su acepción más extensa y diversa, es hoy extraordinaria, puede que en términos comparativos no hayamos avanzado demasiado o más bien al contrario. Acceso a la cultura, decíamos, después, al hacernos modernos, este acceso se viste de consumo.

Sumergirse es alcanzar la ética del arte desde los caminos no señalados. Y por eso, porque concibo el arte como lugar de tránsito, prefiero los mapas abiertos y reivindico una aproximación flâneur. Flâneur del conocimiento. Estamos hablando de aperturas intelectuales. La experimentación ubicua que no pretende reproducir los modelos conocidos sino experimentar nuevas cartografías, nuevas derivas. Un pensamiento «siempre de paso» como diría Aute . O

aplicando al arte el título de un tema de Los Enemigos: Sobra carnaval.

Siqueiros, muralista mexicano, llamo al caballete «el fascismo del arte». Posiblemente, en su voluntad de libertad revolucionaria, cualquier asomo de constricción le resultara agobiante y buscase una forma de comunicar, de transmitir,  más acorde con la intensidad de su misma vida. No sabemos si juzgaría, con ello, que el arte actual representa un sometimiento de la misma magnitud pero no quiero dejar de pensar que, dada su naturaleza agitadora, vería que la tiranía matérica de los bastidores está mas allá del espacio enmarcado .

La obra de Esteban es un asunto libertario, de caminos del deseo. Algo así como la libertad inmanente de la pintura